REVISTA YA

Martes 14 de Octubre de 2008


Siri Hustvedt, escritora no es la primera dama de las letras neoyorquinas

Buscando aventura intelectual en la Nueva York de los '70, se encontró con nada menos que Paul Auster, su marido. Pero hace rato que dejó de ser "Madame Auster". Su pluma ha sido su mejor defensa. Una de las escritoras y ensayistas más prestigiosas del momento recibió, en exclusiva, a Revista Ya en Brooklyn.
Por MARÍA JOSÉ VIERA–GALLO, DESDE NUEVA YORK. Fotografías: MARIANA GARAY.

Hay tres cosas que ocurrirán a lo largo de esta entrevista con Siri Hustvedt. Uno: Se reirá de sí misma cada cierto rato. Dos: Contestará las preguntas aludiendo a algún ensayo que escribió. Tres: Atenderá el teléfono sólo si al otro lado de la línea se encuentra Sophie Auster, la única hija que tiene de su matrimonio con Paul Auster, el afamado escritor americano de "La Trilogía de Nueva York", hoy inmortalizada en la colección Penguin classics.

La historia de Siri podría ser la de la chica de un pueblo perdido en el corazón del Midwest que a sus 18 años se toma un bus a Nueva York para ir a la universidad y se casa con el príncipe azul de las letras neoyorquinas. Pero nada es tan lineal en su vida ni en su prosa. Novelista y poetisa reconocida, intelectual de tomo y lomo, esta escritora americana de origen noruego, comúnmente conocida "como la mujer de Paul Auster", se lee por sí sola. Entre sus libros destacan la colección de poemas "Leer para ti", y cuatro novelas: "Los ojos vendados", "El hechizo de Lily Dahl", su más conocida "Todo cuanto amé", la recién publicada "The Sorrows of an American" (pronta a editarse por Anagrama), y ensayos como "Una súplica para Eros", y "Los misterios del rectángulo".

Apenas me abre la puerta de su impresionante brownstone, me mira perpleja. Yo también la miro de la misma manera. Siri parece la actriz de una película escandinava: alta, delgada, de una belleza nórdica misteriosa y clásica. "¡Olvidé que tenemos una cita!", exclama. Culpa, no sin razón, al jet lag. Viene llegando de una gira literaria por Europa. "Pasa", me dice amable, "voy a arreglarme y vuelvo. Siéntete cómoda, no hay nadie".

No hay nadie significa que Paul Auster no está ahí, lo cual en parte es un alivio (luego me entero de que está de gira por su última novela "Man in the dark").

Doy vueltas por el living. Tiene ese no sé qué de casa de escritores anglosajones; mucha madera, cozy sofás, antigüedades y una decoración sobria, modernista y minimal. Está lo justo y necesario para conocer a sus dueños de casa: una pared con la historia familiar de ambas familias y libros por todas partes; acumulados en el suelo, sobre unas sillas, en la cocina que da al lindo jardín.

Cuando Siri baja las escaleras me sorprende inclinada sobre una pila de novelas de César Aira, Rodrigo Fresán y Roberto Bolaño. "¡Leemos escritores sudamericanos! No somos prejuiciosos", dice con ironía. "Tienen algunos de los mejores... Bolaño".

Me ofrece agua mineral San Pellegrino. Me dice, con voz suave y lacónica, que empecemos nuestra conversación oficial, on the record.

–¿Cuándo tuvo la 'revelación' de que quería ser escritora?

–No sé si fue una revelación, pero a los 14 años empecé a tener la fantasía de ser escritora. Me sentía fascinada por ciertas novelas inglesas que leía en ese entonces como Jane Eyre, David Copperfield, y El enigma de las rocas colgantes. Como toda adolescente, me lancé a escribir cualquier cosa, poesía, cuentos cortos, ideas al aire, sólo que yo me lo tomaba muuuuy en serio. Un día anuncié mi vocación literaria en el diario del pueblo donde vivía. Había una columna llamada "El adolescente de la semana", donde entrevistaban a chicos de mi edad, y yo aproveché la tribuna para gritar a viva voz que quería ser escritora (se ríe contenida).

–¿Cómo era la personalidad de esta chica de 14 años con vocación literaria?

–No era particularmente tímida. Pero no hay duda alguna de que en distintos niveles, todos los escritores somos introspectivos. Es inevitable: vives en tu propia cabeza la mayor parte del tiempo y, como si fuera poco, encuentras en eso una fuente de placer. Recuerdo que era muy soñadora, algo abstraída, cosas que aún me persiguen, como podrás ver - vuelve a reírse, esta vez más fuerte, aludiendo a la cita de esta entrevista, que había olvidado completamente.

–Creció en un pequeño pueblo en el medio del Midwest. ¿Alguna vez tuvo ganas de arrancarse?

–Mi madre era noruega, por lo que yo y mis tres hermanas pasábamos muchos veranos en Noruega. Crecí con la idea de pertenecer a otro lugar y otra cultura, lo que hizo que nunca me sintiera pegada o atrapada en mi pueblo. Siempre pensé que viviría, o que al menos viajaría a otro lugar.

–¿Cómo fue su primer encuentro con la poesía?

–Descubrí la poesía gracias a mi madre. Cuando tenía 11 años, ella me pasó los poemas de Emily Dickinson, y recuerdo que sufrí una especie de shock. Si bien no entendía sus versos, había algo que me intrigaba enormemente. Entre los 18 y los 21 me aventuré a redactar poemas muy formales, imitaciones de la poesía inglesa clásica que leía. Fue en mi época universitaria, cuando estaba en Columbia, que me solté definitivamente y encontré mi voz. En ese entonces la poesía me parecía más domable que la narrativa. A los 23 años mandé un poema a la revista Paris Review, y pasó algo increíble: fue publicado. ¡Fue una primera publicación impresionante! Después todo volvió a la normalidad, y me volvieron a rechazar en otras revistas.

–¿Alguna vez cerraba sus libros para comportarse como cualquier chica bonita? Me imagino que era popular entre el sexo masculino.

–Gracias, es muy amable de tu parte pensarlo así. Pero es cierto, no es que no tuviera vida social ni pololos... Sólo que había algo que me hacía sentir una outsider.

–¿En qué sentido outsider?

–Muchos escritores se encuentran en la posición de observador, lo cual te hace marginal. Por qué ocurre, es difícil saberlo... Sólo cuando me vine a vivir a Nueva York empecé a convivir normalmente con esa sensación.

–¿Cómo fueron sus primeros años en Nueva York?

–No conocía a nadie. No sabía cómo funcionaba la ciudad. Para mí, Nueva York era sólo un concepto, una idea de cosmopolitismo que me alucinaba de manera abstracta. Llegué a vivir a un departamento de la calle 100 con Broadway, en el oeste de Manhattan, cerca de la universidad de Columbia, el año 78, con cinco maletas, cuatro de las cuales llenas de libros.

–¿Qué sensaciones guarda de ese período de su vida?

–Estaba muy sola, pero exaltada. La Nueva York de fines de los '70 era más amenazante que la de hoy. ¡Era un lugar muy duro! Y yo era terriblemente pobre. Vivía con tres mil dólares al año y para llegar a fin de mes tenía que hacer pequeños trabajos. Pero no venía a buscar comodidad, ni mucho menos la felicidad, sino cierta aventura, particularmente intelectual, cosa que encontré en el ambiente de Columbia, que era muy pero muy vibrante.

–¿La escena intelectual neoyorquina no la intimidaba?

–No, ¡me encantaba! No me sentía un bicho raro, ya que por suerte era una chica leída y educada (se ríe). Me tocó vivir un período muy particular de importación de la teoría literaria francesa, post estructuralista, y yo no tenía idea de eso. De la Gramatología de Jacques Derrida era el libro que circulaba por todos lados, y la gente lo pasaba de mano en mano. Como sabrás, no es un libro particularmente fácil (se ríe). Eran otros tiempos.

–Y luego, el año 81, durante una lectura poética, conoció a Paul Auster... ¿Qué fue lo primero que pensó de él?

–Me lo presentaron como poeta, e inmediatamente pensé: ¡Wau, un poeta guapo! (baja la voz con ironía, y luego suspira). Fue amor a primera vista, y lo mejor de todo, recíproco.

SIRI Y PAUL

Después de esa fría noche de 1981, ella y Paul nunca más dudaron de su conexión amorosa. Mientras Siri continuaba sus estudios de Literatura en Columbia, él trabajaba en la segunda parte de su primera novela, "La invención de la soledad". Un año después de su primer encuentro, se casaron. Cinco años más tarde tuvieron a su primera y única hija, Sophie (21). "La maternidad me cambió la vida. No es que no sea dura y a veces aburrida, pero no la cambiaría por nada del mundo. Nada se compara a esa conexión que hay entre dos personas".

Hace más de 15 años la pareja Auster–Hustvedt vive en un barrio de Brooklyn, Park Slope, conocido por la cantidad de escritores que hay por metro cuadrado, de aires europeos y escala humana. "No hacemos tertulias ni vivimos en una burbuja literaria. Tenemos amigos que coincide que también son escritores, y nos vemos para salir a cenar o tomar algo. Hay desde los más oscuros a los más famosos".

Contrariamente a lo que se podría pensar, a Siri no le molesta que le pregunten por la celebridad que tiene más cerca: su marido.

–El protagonista de su última novela, The Sorrows of an American, está divorciado y sufre de soledad. A cada rato balbucea "estoy solo". ¿Le costó ponerse en su piel, siendo que su vida es todo lo contrario, una vida de casada y feliz?

–Para eso sirve la imaginación. Siempre estoy pensando en que pasaría si... o poniéndome en una situación afectiva que no es la que estoy viviendo en el momento. Todos en algún minuto de nuestras vidas hemos estado solos. La soledad no es una condición exótica.

–Pero los matrimonios de larga duración parecen serlo cada vez más... Usted ha estado con Paul Auster 27 años. ¿Cómo se mantiene una relación tanto tiempo?

–Hace años que tenemos un diálogo recíproco. Tenemos una gran comunicación. Pero el secreto es más profundo que el simple hecho de hablar, reside en un profundo respeto mutuo, en el sentido de que no puedes predecir lo que va a pasar ni pretender conocer absolutamente a la otra persona.

–Todos conocen a Auster, el novelista. Cuénteme algo sobre él como ser humano.

–Paul es muy amable, dulce, tolerante, muy sensible y poco llevado a enojarse, cero machista y devoto a su trabajo. Cuando está escribiendo, se obsesiona completamente de manera casi religiosa.

–¿En qué consisten sus rutinas?

–Escribir, todos los días. Paul escribe en un departamento que arrienda en las cercanías, sin teléfono ni internet, completamente desconectado, desde temprano en la mañana hasta las 6 de la tarde. Sólo se toma un break para almorzar, a veces en casa. Yo últimamente me estoy despertando muy temprano, ando como maníaca obsesionada con mi trabajo. Me despierto a las 6, a las 7 me siento en mi escritorio y trabajo durante 6 horas sin mucha pausa. En las tardes leo, tres o cuatro horas. Hago yoga. Cocino. Cuido las flores de mi jardín.

–¿Qué ventaja tiene vivir en un matrimonio de escritores?

–Básicamente vivimos los dos en un espacio mental la mayor parte del día, lo que nos permite entender lo raro y curioso que es el trabajo del otro. Inevitablemente surge una empatía. Por otro lado, hemos compartido los altos y bajos de la vida literaria juntos y no nos podemos contar mentiras.

–¿Se leen sus manuscritos?

–Somos el primer lector que uno tiene del otro. Él me lee en voz alta muy seguido, dos veces al mes, a medida que va avanzando. Es de esos escritores prolíferos, publica una novela cada dos años, cosa que yo no puedo. Yo le leo mis ensayos, pero con las novelas prefiero esperar y darle borradores más avanzados. Y luego nos hacemos comentarios. Es raro que no acojamos los consejos del otro.

–¿Nunca han sentido algún tipo de competencia?

–Ninguno de los dos lo ha sentido. Quizás porque cuando nos conocimos, 27 años atrás, ya escribíamos y Paul no era famoso. Estaba escribiendo "La invención de la soledad", su primer libro, que es magnífico por lo demás. Todavía ni siquiera tenía un editor. Su carrera como novelista creció al mismo tiempo que nuestro matrimonio.

(No es misterio lo que ha dicho Paul Auster sobre Siri y el principio de su carrera. "Conocerla me salvó la vida. Ella creyó en mí, ella me liberó. Yo había pasado tiempos duros e infelices. Cada novela que he publicado fue escrita desde que vivo con ella").

–¿En qué momento dejaron de verla como la mujer de Paul Auster?

–Probablemente con la publicación de mi novela "Todo lo que amé". Muchas preguntas sobre eso pararon. Pero sabes, este estigma de 'ser la mujer de'... viene de afuera, no de adentro. Me sorprende cuando la gente me lo dice o escriben artículos del tipo "Madame Auster". Yo nunca me he identificado a mí misma como la mujer de Paul Auster. Lo siento de una manera muy profunda y privada. Por otro lado, es natural que lo hagan. Es inevitable que me relacionen a él, dado que es un escritor famoso.

–Lo importante es que él no la considere "su mujer".

–Exactamente. Eso es lo que cuenta.

–¿Cuál es la discriminación más recurrente que nota en el mundo literario?

–Al comprar mi libro, algunos hombres me han dicho comentarios del tipo: "No leo novelas, pero mi mujer sí lo hace". A mi marido le ha ocurrido lo mismo. Es casi dicho con orgullo, como si la ficción fuera un asunto de mujeres. Y si eres mujer y novelista, entonces realmente estás conscripta al "mundo femenino".

–¿Se considera feminista?

–Lo soy. Pero hay muchas maneras distintas de serlo. Están las feministas cerradas y dogmáticas que dicen por ejemplo que si las mujeres gobernaran el mundo, éste sería un mejor lugar, lo cual lo dudo. ¿Te imaginas a Sarah Palin de vicepresidenta? Sería un horror. No porque sea mujer tiene garantizada mi simpatía, me entiendes... Feminismo para mí se traduce en cierta agenda de progreso, es decir igualdad de derechos y, muy importante, de sueldos. Tampoco creo en la literatura de géneros, sino en la literatura, y punto.

(La entrevista se interrumpe. Es Sophie, su hija. Le comento que su hija es toda una celebridad ahora. "¡Lo sé! ¡Mi niña! Es muy conocida en Francia. Su disco es algo así como de culto. Sophie tiene doble vida: la cantante y actriz y la estudiante universitaria").

–¿Qué tipo de padres han sido?

–Me crié con unos padres cuya filosofía en la casa era muy de laissez faire... Eso ha sido muy importante en mi visión de la educación en casa, lo cual no significa que los hijos hagan lo que quieran. Cuando son muy pequeños, necesitan rutina y orden. En general, somos flexibles y tolerantes.

–¡Qué raro que Sophie no sea la tercera escritora de la casa!

–Bueno, escribe sus líricas, que son muy poéticas. A los 12 años escribió unos poemas impresionantes, al menos para mí. La educamos con gran sentido de la libertad. Siempre me dijo "mamá, no quiero vivir recluida como tú y el papá. Quiero estar afuera, con más gente".

MI PADRE, YO MISMA

"Su último amor, como le dice ella, es su último libro, "The Sorrows of an American", una novela sobre la pérdida y la memoria, específicamente la del padre. Lo escribió enteramente en el escritorio que tiene en el segundo piso de la casa, al lado de su habitación matrimonial y de una sala de TV donde se asoma una extensa colección de películas. Mientras me muestra su oficina, es inevitable no fijarse en una foto en blanco y negro ampliada, pegada a la pared, donde aparece su marido joven, caminando por una calle de Brooklyn con un cigarro en la boca. Siri lo mira brevemente y sonríe.

–¿Siente que "The Sorrow of American" es su novela más personal?

–Toda ficción es personal, incluso si escribes un libro sobre la vida de las cebras. Esas cebras, lo busques o no, son parte de la geografía interna del escritor. Tienen que salir de alguna parte. En mi caso, al escribir siempre busco una verdad emocional, y eso tiene que ver conmigo.

–Pero el libro está inspirado directamente en la muerte de su padre.

–A veces ciertos temas te buscan a ti antes de que tú a ellos. Empecé el proyecto cuando mi papá estaba muriendo. De alguna manera el tema de su muerte era algo que no podía esquivar, y es más: tomé parte de sus memorias personales y las transcribí en la novela, con su permiso, por cierto. Usar sus propias palabras fue una manera de mantenerlo vivo. Paralelamente escribí un ensayo titulado "My father, my self" sobre la relación hija–padre, que sin duda es distinta a la de madre–hija.

–¿Podría ahondar más en eso...?

–La relación madre e hija es compleja. Hay una rivalidad más directa y conflictiva. La intimidad y la identificación entre una madre y una hija son materias que se negocian emocionalmente.

–¿Cuál es el sentido de escribir hoy en día? La gente hace fila para comprarse el nuevo i Phone y no un libro de Derrida.

–El libro siempre ha ocupado un lugar en nuestra cultura, y no veo que esté siendo desplazado dramáticamente ni por internet, la tecnología o los mass media. Lo constato yo misma en el metro de Nueva York; siempre hay gente con un libro en la mano, desde esos manuales de autoayuda a Chéjov. Eso me emociona.

–Entonces, ¿no es pesimista acerca del futuro de la literatura?

–Más que sobre el futuro de la literatura, me inquieta el bajo nivel de nuestra cultura de masa en general. No hablo sólo de la pobre Britney Spears, el éxito de libros como el Código Da Vinci, sino de la calidad de las reseñas de libros que publican los diarios. Todo esto me produce lo que yo llamo "Cultura Náusea". Y ocurre un fenómeno sobre el cual escribí un ensayo ("Excursion of the island of the happy few"). La gente sabe más y más sobre menos. Tiene pocos conocimientos generales y puntos de referencia. Está lleno de expertos de las cosas más inimaginables, que al mismo tiempo nunca han leído "Madame Bovary".

LIBROS DE CABECERA

"Un clásico eterno: "La interpretación de los sueños", de Sigmund Freud, porque nadie sabe por qué soñamos y este misterio explorado por Freud es una de las mejores experiencias que he tenido.

"Una escritora mujer: ¡Las hermanas Bronté! "Jane Eyre" y "El enigma de las rocas colgantes" me marcaron mucho. Tanto Emily como Charlotte ahondan de manera impresionante en las profundidades de la pasión humana.

"Un escritor norteamericano: Don De Lillo, para entender nuestra compleja modernidad, sobre todo su novela "Submundo". Indispensable.

"Un escritor joven: David Foster Wallace. Lamentablemente se suicidó hace poco. Era un escritor dotado, extremadamente lúcido y sensible. Escribió en el diario la mejor reseña que haya leído sobre una novela mía.

"Un libro de poesía: La colección de poemas de Emily Dickinson. Me demuestra el infinito poder del idioma inglés, su riqueza y elasticidad.


Herramientas Reducir letras Aumentar letras Enviar Imprimir



[+] Vea más fotos    >>
  • Servicios El Mercurio
  • Suscripciones:
    Suscríbase a El Mercurio vía Internet y acceda a exclusivos descuentos.

    InfoMercurio:
    Todos los artículos publicados en El Mercurio desde 1900.

    Club de Lectores:
    Conozca los beneficios que tenemos para mostrar.

Versión Digital

Ver versión animada
  • Revistas
    El Mercurio
  • Ya
    Especial día del amor.
    Alternativas  Académicas Ediciones Especiales